REFLEXIÓN – Perdonarnos a nosotros mismos

Muchas personas que saben que el Señor las ha perdonado, y que han perdonado a los que las ofendieron, aún no experimentan la verdadera paz. ¿Por qué? Porque no pueden perdonarse a sí mismas. Es nuestro deber si queremos hallar completa paz.
El perdón está basado en la obra expiatoria en la cruz, y no en nada que podamos hacer. Ni el perdón de Dios ni nuestra comunión con él dependen de nuestra confesión. La confesión es un medio de liberarnos de la tensión y esclavitud de una conciencia culpable. Cuando oramos: “Dios, tú eres justo. He pecado contra ti, y soy culpable”, logramos liberación.

Nuestra comunión con Dios no se restaura por la confesión; más bien nuestro sentido de comunión con Dios es restaurado. Cuando pecamos, nos retiramos de nuestra comunión con Dios, pero Él no se retira de su comunión con nosotros. El perdón es nuestro para siempre como creyentes. En el momento que lo recibimos como Salvador, Él se convirtió en nuestra vida.

Pero nuestra capacidad de gozar del perdón, es decir, de disfrutar de una conciencia limpia, está basada en nuestra disposición a reconocer y confesar ese pecado.

Permítame ilustrarlo. Una noche, de regreso a mi hogar, en lugar de ir al garaje como de costumbre, estacioné el automóvil al costado de mi casa. Mientras caminaba hacia la puerta delantera, noté que mi auto casi nuevo estaba allí con la parte delantera abollada. Mi hija Becky había estado manejando el coche. Yo decidí no decir nada. Cuando entré a la casa, no se dijo nada. Cuando nos sentamos a cenar, nada se dijo. Después de un rato, mi hijo Andy dijo:

—Becky, ¿tienes algo que te gustaría decirle a papá?

Yo noté que Becky estaba callada. Ella no había hablado mucho hasta ese momento. Se volvió hacia mí y dijo:

—Papá, me duele tener que decirte esto. Quiero contarte lo que pasó. Un joven detuvo su automóvil de repente delante de mí, lo choqué y abollé tu coche. —Y comenzó a llorar.

Yo no expresé palabra alguna hasta que ella terminó de hablar. Entonces le dije:

—Becky, no te preocupes por lo ocurrido.

—¿Quieres decir que no estás enojado?

—¿Por qué habría de estar enojado. Tú no te has hecho daño. El automóvil se puede arreglar. Aun cuando hubiera sido culpa tuya, no quiero que te preocupes.

Becky es mi hija. Si ella hubiera destruido el coche totalmente y no hubiéramos tenido seguro, de igual manera la hubiera perdonado. Ella es mi hija, y como tal, camina en perdón total conmigo, no importa lo que haga. Aun así, Becky tenía que “alivianar” su conciencia esa noche. Tenía que sacarse ese peso de encima y contármelo, o hubiera pasado una noche terrible tratando de dormir. Y además tenía que perdonarse a sí misma.

¿No es esto lo que sucede con nosotros y Dios? El perdón nunca está completo hasta que, primero, hayamos experimentado perdón de Dios; segundo, podamos perdonar a otros que nos han ofendido; y tercero, podamos perdonarnos a nosotros mismos.

A menudo la gente dice: “Sé que Dios me ha perdonado. Y estoy segura de que he perdonado a los que me han herido. Pero todavía no tengo paz en mi corazón. Algo no está del todo bien”. A veces este desasosiego puede ser un espíritu que no perdona dirigido hacia nosotros mismos. Este espíritu que no perdona no está dirigido hacia Dios por lo que Él ha hecho, tampoco está dirigido hacia otros, por lo que ellos han hecho. No habrá paz en nuestro corazón hasta que no nos perdonemos a nosotros mismos por las cosas malas que hemos hecho. Pero tenemos que estar dispuestos a perdonarnos a nosotros mismos.

Después de que Pedro negó haber conocido a Cristo, “El Señor se volvió y miró directamente a Pedro. Entonces Pedro se acordó” (Lucas 22:61). ¿Cuántas veces tuvo Pedro que tratar con eso antes de poder perdonarse a sí mismo? Él negó a su Señor en un momento en que Él necesitaba de un amigo más que nunca. Este fue el mismo Pedro que en efecto dijo: “Señor, todos podrán negarte, pero cuando lo hayan hecho, tú puedes contar conmigo”. Irónicamente, Pedro era aquel con quien Él no podría contar. Pedro tenía que aprender a perdonarse a sí mismo.

Muchos de nosotros nos encontramos (o nos hemos encontrado) en ese lugar en nuestra vida. Luchamos con perdonarnos a nosotros mismos por cosas que hicimos en el pasado, y algunos de esos errores sucedieron muchos, muchos años atrás.

La habilidad o capacidad de perdonarnos a nosotros mismos es absolutamente esencial si es que vamos a experimentar paz.

El problema es que muchos de nosotros no podemos perdonarnos a nosotros mismos. Miramos cualquier cosa que hayamos hecho y pensamos que estamos más allá del perdón. Pero lo que realmente sentimos es desengaño con nosotros mismos, un desengaño que confunde la medida de nuestro pecado con el mérito por nuestro perdón.

El pecado y el perdonarnos a nosotros mismos tienden a asumir proporciones inversas en nuestra mente; o sea, mientras más grande es nuestro pecado, menos perdón a nuestra disposición. De igual manera, mientras menos sea nuestro pecado, más perdón.

Cuando escogemos no perdonarnos como Dios lo hace, experimentamos ciertas consecuencias:

Castigo a uno mismo
La primera consecuencia es que nos castigamos continuamente. ¿Cómo? Repetimos nuestros pecados continuamente. Repetimos aun los sentimientos de culpa. Y a medida que lo hacemos, nos ponemos en un estado de tortura que Dios nunca tuvo en su intención para nosotros.

Espiritualmente nos encarcelamos a pesar de que en La Biblia Dios dice que perdonó todos nuestros pecados porque Jesús ya pagó el precio. Jesús sufrió en su cuerpo el castigo por todos nuestros pecados. Y no existe excepción alguna.

Incertidumbre
Existimos bajo un interrogante. Si no nos perdonamos a nosotros mismos, jamás podremos confiar en que Dios nos ha perdonado, y cargamos el peso de esta culpa. No estamos seguros de nuestra posición respecto a Dios. No estamos seguros de lo próximo que Él puede hacer, porque si no somos dignos de sus bendiciones…

A veces esta nube de incertidumbre es densa y oscura. Otras no, pero debido a que nuestra comprensión y aceptación del perdón de Dios están limitadas por nuestra propia incertidumbre, no estamos del todo seguros de cómo Dios trata nuestras transgresiones. Y así pasamos por alto la paz que sobrepasa todo entendimiento, y somos desdichados.

Si rehusamos perdonarnos a nosotros mismos, a pesar de que Dios no ha tratado con nosotros conforme a nuestros pecados, continuamos viviendo bajo esa nube de incertidumbre.

Sentido de indignidad
Cuando no bregamos con nuestros pecados como debemos, nos sumergimos en un sentimiento de culpa. Satanás disfruta que nos sintamos culpables. Tal vez él introduzca estas ideas en nuestros pensamientos: “¿Por qué Dios debe responder a mis oraciones? Él no va a escuchar lo que digo. Mira lo que he hecho”. Satanás aprieta el botón, y nosotros repetimos el pecado del pasado. El diablo continúa haciéndonos repetir en nuestra mente lo que Dios dice que ha olvidado, y nosotros caemos en la trampa. Y cada vez que repetimos el pecado pasado por no perdonarnos a nosotros mismos, nuestra fe sufre una derrota y nos sentimos indignos. Este sentido de indignidad afecta nuestra vida de oración, nuestra relación íntima con Dios y nuestro servicio para Él.

Hasta cierto grado, paralizamos nuestro servicio eficaz para Dios cuando permitimos que nuestra culpa nos debilite, y, sin éxito, intentamos pagar por nuestro pecado cuando Jesús ya pagó la deuda por todos nuestros pecados.

Comportamiento compulsivo
La cuarta consecuencia de un espíritu que no perdona es que intentamos superar nuestra culpabilidad por medio de un comportamiento compulsivo en nuestra vida. Nos entregamos a las drogas, al alcohol, al materialismo, a las aventuras sexuales.

Siempre que dedicamos gran cantidad de energía para distraer nuestra atención del verdadero problema, tratamos de escapar de los constantes recordatorios de nuestra culpa. Algunos de nosotros invertimos gran cantidad de energía en el trabajo, trabajamos arduamente, más rápido y por más tiempo. Pero no importan con cuánta furia trabajemos, nuestra culpa no puede disminuir por nuestra marcha acelerada.

El comportamiento compulsivo es como decir: “Dios, quiero darte gracias por la muerte de Jesús en la cruz, pero no fue suficiente”. Así que, dado que no aceptamos el perdón de Dios, redoblamos nuestros esfuerzos. Y comenzamos un ciclo de derrota espiritual.

La única respuesta verdadera a nuestro dilema es aceptar el perdón de Dios y perdonarnos a nosotros mismos. Podemos pensar: “No puedo perdonarme por lo que he hecho”. Pero Dios nos refuta este tipo de pensamiento. Cuando Jesús llevó nuestros pecados sobre sí mismo, fue como si dijera: “Yo he venido para darte libertad. He venido para liberar a los cautivos”.

Falsa humildad
La quinta consecuencia es que desarrollamos un sentido falso de humildad cuando nos sentimos juzgados con un veredicto culpable y sentenciados por Dios. Llevamos una fachada de humildad cuando nos declaramos tan indignos de servir a Dios. Y nuestro “rostro humilde” sirve como máscara para no dejar ver nuestro verdadero rostro.

¿Le suena familiar? Puede que nos feliciten: “¡Eso fue maravilloso!”. Pero entonces respondemos: “Yo no merezco sus felicitaciones. Solo dé al Señor toda la alabanza y la gloria”.

En realidad, ninguno de nosotros merece alabanza. Somos dignos solamente por la verdad de Dios de que “somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Efesios 2:10). Es sorprendente cómo un espíritu que no perdona distorsiona nuestro punto de vista y pervierte nuestro pensamiento. Nos hace alimentar y nutrir
—aun codiciar— nuestros errores pasados para así sumergirnos en la falsa humildad. Ponemos nuestro enfoque en nosotros mismos, en nuestra indignidad y en nuestra humildad.

Los creyentes necesitan mirar atrás solo para agradecerle a Dios por su gracia. Deben mirar al presente por lo que Dios hace, y al futuro por lo que Él hará.

Privaciones
La sexta consecuencia es que nos privamos a nosotros mismos de cosas que Dios quiere que disfrutemos. La autoprivación es lo opuesto al comportamiento compulsivo que comete excesos. Es como un ácido que corroe la verdad del sacrificio de Jesús. No logramos un estado de perdón absteniéndonos arbitrariamente de cosas buenas en nuestra vida. Dios no nos pide que nos privemos de algo para “merecer” el perdón. La autoprivación es elección propia, no elección de Dios. ¿Presumimos saber algo sobre nuestro pasado que Dios no conoce? ¿Nos atrevemos a pensar que tenemos alguna nueva información acerca del pecado y del perdón que Dios no tiene? Por supuesto que no. Si nuestro soberano, santo y justo Dios ha visto bien en su omnisciencia declararnos inocentes y perdonar nuestro pecado, no tenemos base para la autoprivación.

Negarnos a nosotros mismos el perdón y ponemos bajo un castigo interminable es sentenciarnos al infierno en la Tierra. Satanás es un maestro en engaño, y es el que nos hace pensar que tenemos que sufrir hasta que Dios diga: “Bien, ya es suficiente”. ¿A qué altura pensamos que seremos libres? ¿Cuándo hayamos sufrido lo suficiente? Es aparente que este tipo de pensamiento es absurdo, sin embargo, muchos creyentes se comportan como si el perdón de Dios actuara de esa manera.

Un espíritu no perdonador es realmente incredulidad. No ejercitamos la fe en Dios si no nos perdonamos a nosotros mismos cuando Cristo ya ha pagado el castigo. ¿Por qué pagaría Él si todavía nosotros tenemos que pagar? Cristo pagó el castigo para que nosotros fuéramos perdonados, pero eso no quiere decir que nuestro perdón elimina todo el problema. Los resultados del pecado quedan, y aun si nos perdonamos a nosotros mismos, todavía tenemos que resolver las consecuencias de nuestro pecado.

Hablar sobre la gracia no es suficiente; tenemos que vivir por gracia.

Alcanzar el perdón
No importa cuánto tiempo hayamos estado en esclavitud, podemos ser libres si seguimos cuatro pasos bíblicos.

Paso 1: Reconozca el problema. Tenemos que reconocer y admitir que no nos hemos perdonado a nosotros mismos. Tenemos que admitir que todavía nos mantenemos en esclavitud. “Padre, me doy cuenta de que no me he perdonado a mí mismo, y por eso estoy en esclavitud”.

Paso 2: Arrepiéntase de su pecado. Tenemos que arrepentirnos de ese pecado por el cual no podemos perdonarnos a nosotros mismos. Tenemos que decirle a Dios que nos damos cuenta de que nuestra falta de deseo de perdonarnos no está de acuerdo con su Palabra. Y tenemos que darle gracias por su perdón mientras le confesamos nuestro pecado. “Te doy gracias, Padre, porque me perdonas por haberme mantenido en esclavitud, por haberme mantenido separado de ti, y por haber limitado que tú me uses en tu Reino”.

Paso 3: Reafirme su confianza. Tenemos que reafirmar nuestra confianza en el testimonio de La Escritura. “Tan lejos de nosotros echó nuestras transgresiones como lejos del oriente está el occidente” (Salmo 103:12). “Padre, reafirmo mi confianza y mi fe en La Palabra de Dios”.

Paso 4: Confiese su libertad y decida recibirla. Tenemos que confesar nuestra libertad y decidir recibirla gratuitamente. “Señor Jesús, en base a tu Palabra, por un acto de mi voluntad, en fe, aquí y ahora me perdono a mí mismo porque tú ya me has perdonado, y acepto mi perdón y decido desde este momento ser liberado de todo lo que he tenido en contra de mí mismo. Por favor, confirma mi libertad por el poder y la presencia de tu Espíritu Santo”.

Si seguimos estos simples pasos, no solamente seremos liberados, sino también se iniciará el proceso de sanidad.

Cuando decidimos, por un acto de voluntad, abrazar lo que Dios ha dicho como verdad, aceptamos que Dios nos acepta, y podemos decirle a Él que hemos repetido esa película acusadora por última vez. Cuando Satanás trate de apretar el botón otra vez, hallará que la comunicación ha sido cortada por Jesús. Somos libres.

Por Charles Stanley

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