REFLEXIÓN – ¡Oh Dios, Tú lo hiciste!

“Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (Hebreos 9:28).

“Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo en la muerte para remisión de las transgresiones que había en el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna”.

Inicio esta reflexión trayendo al conocimiento el primer pacto de Dios al pueblo de Israel. También conocido como el sacrificio de la expiación. Este es medular en el culto hebreo. Este es el más importante porque se trata del gran momento del sacrificio de expiación de la asamblea adorante.

El pueblo está reunido en asombroso silencio. Ya se avecina la tarde y quieta, muy quieta, tal las montañas. Ya se han cantado los Salmos de entronamiento, al Dios que ha sido fiel: “Grande es el Señor y digno de ser en gran manera alabado, en la cuidad de nuestro Dios, en su monte santo”. “Del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan”.

Dos trompetas suenan para dar comienzo al momento del sacrificio. Una roca de superficie plana se convierte en altar del holocausto. Muy bien podría ser la respuesta de gratitud del Dios que se aparece, el Dios que habla, el Dios que se comunica en una zarza, una zarza que arde y no se consume.

Pero no es un sacrificio de acción de gracias. Es el sacrificio diferente, el más importante porque es el sacrificio de la expiación. La ley señala: “que todo será purificado con sangre y sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecado”.

Y por ese motivo el pueblo se ha reunido en gran asamblea. A la voz del sacerdote se comienzan a escuchar los instrumentos musicales y voces de coro. El adorador se acerca a la víctima con el animal en las manos. Se coloca en la parte norte del altar, extiende sus manos sobre la cabeza de animal y todos confiesan sus pecados a Dios.

El sacerdote inmola la víctima que ha sido ofrecida mientras escucha el sonido de dos grandes trompetas que anuncian al pueblo el momento más alto del sacrificio. El sacerdote recoge la sangre y la derrama por las cuatro esquinas. El animal partido en pedazos se quema encima del altar. Termina el sacrificio y el pueblo se inclina para adorar.

Definitivamente el pueblo hebreo se centró en torno al sacrificio de expiación. En el pensamiento hebreo se distinguía una idea muy particular: quien acepta el presente, queda comprometido sacramentalmente. Si Dios acepta el presente, Dios queda ligado al adorador y esa relación, ese vínculo del Dios que acepta el presente le asegura grandes beneficios para El y para el pueblo.

Pero esta práctica, símbolo externo y comunitario de religiosidad,fue convirtiéndose en una práctica vacía y viciada. Como consecuencia quedaron aislados por completo del Dios de mano fuerte y brazos extendidos; y del Dios compasivo en medio de la esclavitud en Egipto.

Ante un sacrificio hueco y vacío se escucha la voz del Profeta de Dios: ¿ Para que me sirven a mi tus sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos, hastiado estoy de sacrificio de carneros, de cebo de animales gordos, no quiero sangre de bueyes, no quiero sangre de ovejas, no quiero sangre de macho cabrío.

Es la voz de Dios que dice: “No me traigan vanas ofrendas porque su incienso me es abominación, porque sus asambleas no las puedo sufrir, me son gravosas, me son una carga. Cansado estoy de soportarlas. Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos. Cuando multipliquéis la oración, yo no la voy a oír porque llenas están de sangre vuestras manos”.

Esto es un encuentro estremecedor para los religiosos y el pueblo hebreo. La literatura profética está llena de este mensaje duro como el martillo que golpea las piedras.

El Dios del pueblo de Israel no es como los dioses paganos. No es como Moloc, el dios amonita, que pedía sacrificios humanos para aplacar su ira; ni como Baal, el dios cananeo que con sacrificios de vírgenes y niños se ceba el vientre.

El Dios de Israel, no es dios sanguinario, ególatra, de auto-contemplación, dios poseído de intranscendente, separado de la sensibilidad humana. El Dios de Israel no es un dios apartado de la vida comunitaria. No es un dios empotrado en una piedra, un dios que se carga; porque el Dios de Israel es el Dios de la pasión y su movimiento es la vida comunitaria por encima de los rituales huecos. Es el Dios que afirma la vida comunitaria por encima del culto de color, instrumentos, ruidos y sonidos; si es que estos carecen de sentido y de propósitos históricos.

Y sobre estos cultos Dios afirma la vida comunitaria. Por eso dice el Señor:
“Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”.

Hemos visto el viejo pacto en la ceremonia más importante del pueblo de Israel, el sacrificio de la expiación. Esta visión nos servirá de base para un mejor entendimiento del nuevo pacto en Jesucristo, dándole sentido y base al cristianismo.

Sin duda vimos la respuesta de los profetas, destacando lo inoperante del primer pacto, hueco, vacío y gravoso. También importante es el Dios de la pasión, pasión por la vida comunitaria y por seres humanos necesitados de atención frente a un pueblo cuya adoración es hueca y nada más que ruidos.

Los cristianos hablamos de un nuevo pacto cuyo centro medular es también un sacrificio de expiación. No se nos presentan los sacrificios de animales en una asamblea de pueblo con trompetas y salmos de entronamiento. No hay machos cabríos, bueyes gruesos o carneros y ovejas ofrecidas a Dios en sacrificio.

El que hace el sacrificio es el Dios encarnado en su hijo, Jesucristo. Los religiosos y los no religiosos, les hacen ceremonia de muerte. Ahora nace un nuevo canto de Dios al mundo que dice:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

El que se liga no es el pueblo con Dios, sino Dios viene a ligarse con los hombres. Ahora es solo creer en el Hijo de Dios, Jesucristo. El mismo Juan, dice “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. Este era el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. “Y aquel Verbo fue hecho de carne, y habitó entre nosotros (y vimos la gloria, gloria como el unigénito del Padre), lleno de gracia y verdad” (Juan 1:1 y14).

La expiación en Jesucristo nos revela que con su muerte de cruz, su naturaleza divina, libre de pecado, toma nuestra naturaleza pecaminosa, muere y es enterrada, para luego resucitar con Jesucristo en una nueva naturaleza limpia como la de Cristo. Por eso con su muerte somos nuevas criaturas en Cristo, nuestro Salvador.

“De modo que si alguno esta en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:15).

Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia soy salvo) y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales en Cristo Jesus” (Efesios 2: 5).

¿Qué significa la expiación de Cristo para el pueblo y nosotros? Que tenemos una nueva vida por medio de la gracia de Dios en Jesucristo, Su Hijo. Por eso Pablo, profeta y apóstol de Jesucristo Dice:
“Porque por gracia soy salvo por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obra para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, Creados en Cristo Jesús para buena obra, la cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas” (Efesios 2:8-10).

¡Oh Dios Tú Lo hiciste por mí! ¡Salvo por gracia para buena obra!

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