Palabra del Día – Orar con Poder

El cielo ha liberado la poder de Dios para que obre en nosotros y por medio de nosotros.

Trabajar en la obra de Dios es algo impagable, algo que quizá nos demanda tiempo y esfuerzo, pero que reconforta nuestro corazón. En medio de todo eso, ¿hay lugar para el poder sobrenatural de Dios? Siempre hay una esperanza por la que luchar.

Una de las últimas cosas que Jesús hizo con sus amigos antes de regresar al cielo, fue entregarles la descripción de la tarea que les encomendaba. Fue muy breve: “Vayan en mi nombre al mundo entero… y hagan cosas imposibles”. Encontrarás la misión entera en Mateo 28:18-20 y en Hechos 1:4-8. ¿Pero te has preguntado alguna vez cuál fue la reacción de los apóstoles?

Pienso que tal vez tuvieran dos reacciones opuestas al mismo tiempo. Por una parte, me parece que querrían decir: “¡Por favor, Señor, no! Es imposible. Mira nuestras limitaciones.

Mira nuestras fallas”. Y por otra parte, también pienso que estarían ansiosos por comenzar. Ya habían aprendido mucho del Maestro, y la misión que les encomendaba era gloriosa hasta lo indescriptible. ¿Por qué no ponerse a trabajar enseguida?

¿Cómo habrías reaccionado tú?

Estas dos reacciones tienen sus raíces en el mismo malentendido acerca de la verdadera forma en que trabaja esta asociación con el cielo. Y esto es lo que explica la indicación que Jesús les hizo después a sus amigos. “Esperen” (Hechos 1:4). Sin embargo, ¿esperar qué? Mira la forma en que Jesús les explicó de qué manera lo imposible se convertiría en lo normal en un futuro cercano: “Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos […] hasta los confines de la tierra” (Hechos 1:8).

Es posible que la palabra griega traducida aquí como “poder” te resulte conocida: dunamis. Como quizá ya te has dado cuenta a partir de sus derivados en español (dinámico, dinamita, por ejemplo), dumanis identifica a una cierta clase de poder. No un poder en potencia, como sería el del aire en calma o el agua estancada, sino el poder en movimiento. Un poder como el de un viento con fuerza de galerna o como el de las cataras del Niágara. Dunamis significa poder en acción.

Cuando Jesús les dijo a sus seguidores que esperaran la dumanis del cielo, el mensaje estaba claro: lo que les voy a enviar a hacer, no lo podrán hacer con su propio poder. Solo podrán hacerlo cuando mi poder se mueva a través de ustedes. Así que espérenlo.

Los discípulos captaron el mensaje. Esperaron. Entonces, cuando el Espíritu vino con poder, el mundo cambió. Si has leído las historias de la iglesia primitiva en Hechos, sabes a lo que me refiero. Ahora todos los creyentes tienen siempre al Espíritu, no solo habitando en ellos para renovarlos y consolarlos, sino obrando por medio de ellos a fin de cumplir los deseos del cielo para las personas necesitadas. Lo que sucedió después fue milagroso.

Imagínate las historias contadas alrededor de la mesa de la cena por las noches.

–Felipe, cuando seguiste el impulso de Dios, te fuiste al desierto y aquel personaje tan importante recibió la salvación… ¡nunca olvidaré eso!

–Pablo, cuando te paraste en la plaza del pueblo para hablar de Cristo y la gente te tiraba piedras, pero algunas personas te escucharon y muchos creyeron… ¡nunca olvidaré eso!

El poder de Dios, la dunamis del Espíritu, obraba a través de ellos para realizar cosas que nunca habrían podido hacer por su propia cuenta.

Es fácil leer los relatos de la iglesia primitiva, y dar por sentado que esa gente era especial viviendo días también especiales. Al fin y al cabo, algunos de ellos caminaron con Cristo. Algunos eran apóstoles. Tal vez por eso hay tantos hoy que piensan que no pueden tener la esperanza de asociarse con lo sobrenatural de una manera similar.

Ahora bien, ¿es cierta esta suposición? Escucha las francas observaciones que hace uno de los apóstoles acerca de lo distintas que hacía las cosas el ser “especial”: “Yo mismo, hermanos, cuando fui a anunciarles el testimonio de Dios, no lo hice con gran elocuencia y sabiduría […] Es más, me presenté ante ustedes con tanta debilidad que temblaba de miedo. No les hablé ni les prediqué con palabras sabias y elocuentes sino con demostración del poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no dependiera de la sabiduría humana sino del poder de Dios” (1 Corintios 2:1, 3-5).

¿Debilidad y mucho temor y temblor? Sin duda, Pablo sabía que no podría tener éxito en su ministerio solo con su propio esfuerzo o habilidad. Aun así, había comprendido algo asombroso. Veía que lo que hacía en realidad su debilidad era abrir un espacio, crear la oportunidad para un milagro a fin de que Dios manifestara su poder sobrenatural.

Jesús nos encomendó a cada uno de sus seguidores, desde los primeros discípulos hasta tú y yo, que hiciéramos por los demás lo que no podemos hacer solos. Es demasiado para nosotros. No obstante, el cielo ha liberado la dumanis de Dios para que obre en nosotros y por medio de nosotros. Cualesquiera que sean nuestras limitaciones humanas, cuando aprendamos a ser socios del cielo, veremos que nacimos para lograr por medios sobrenaturales lo que Dios quiere que se haga.

Abre tus ojos
He notado que cuando alguien comienza a vivir todos los días en una colaboración activa con el Espíritu Santo, sucede algo asombroso: reconoce de inmediato la clase de vida que Dios quiere para él. Ve cumplida allí mismo, frente a sus ojos, la dumanis prometida por Jesús, y la diferencia es tan enorme que se pregunta cómo es posible que se la hayan perdido durante tanto tiempo.

Sin embargo, ese es el problema. ¡Puedes ser cristiano durante años y perdértelo por completo!

Creo que esto explica la preocupación tan poco usual de Pablo con respecto a esta misma cuestión. La describe como un problema de iluminación. Necesitas iluminación cuando hay una verdad fundamental y transformadora que se encuentra a centímetros de distancia, pero no puedes verla. Y si no la vez, no puedes vivirla. Pablo comprendía que alguien puede tener una fe genuina en Cristo y, con todo, no comprender en absoluto cómo debemos realizar los negocios del cielo. Por los creyentes en Éfeso, oraba: “Pido que […] les sean iluminados los ojos del corazón para que sepan (tengan una percepción mental clara de) a qué esperanza él los ha llamado […] y cuán incomparable es la grandeza de su poder (eso es dunamis) a favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz que Dios ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales” (Efesios 1:17-20).

Esta es mi oración para ti también: que te sean iluminados los ojos de tu entendimiento para que veas tu potencial de milagros. Si no vez la verdad acerca del poder de Dios, llegarán a una conclusión sensata, pero costosa: “No nací para hacer las obras de Dios mediante su poder”. En lugar de eso, ¿verás y aceptarás la verdad?

Esta es la diferencia entre un admirable esfuerzo humano, incluso bendecido por Dios, y la vida impregnada de lo sobrenatural. Esta es la diferencia entre sentirte bien en cuanto a lo que hiciste para ayudar a otros, y que otros se sientan maravillados por lo que Dios ha hecho en su favor por medio de ti.

Para un milagro, debes decidir asociarte de manera activa con el poder sobrenatural de Dios, a fin de hacer lo que ninguna de tus buenas obras podría hacer. A todos los seguidores de Cristo nos han invitado a entrar en esta maravillosa asociación con el cielo.

Es un cometido unido, aunque desigual, entre humanos débiles y un Dios extraordinario para llevar a cabo su agenda a su manera, en su momento, mediante su poder y para su gloria.

Esta asombrosa asociación cambia lo que hacemos, cómo pensamos y lo que sabemos que es posible. Estamos preparados por completo para ir hasta los confines de la Tierra.

 

(Mensaje escrito de Bruce Wilkinson. Extracto del libro: Tú naciste para esto de editorial Unilit )

Comentarios de Facebook

Comentarios

Publicar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*